Un sistema minarquista —o de Estado mínimo— reduce las funciones del gobierno estrictamente a la seguridad ciudadana, la justicia y la defensa nacional (el modelo del "Estado guardián nocturno").
Los tres beneficios más contundentes de su implementación son:
Máxima libertad individual y económica: Al eliminar las regulaciones asfixiantes, los subsidios cruzados y el gasto público masivo, se libera el potencial creativo y productivo de los ciudadanos. Los mercados operan con total fluidez bajo la única premisa de no violar los derechos ajenos.
Eficiencia radical y fin de la corrupción sistémica: Un Estado que no maneja empresas, no otorga licencias monopolísticas ni gestiona presupuestos multimillonarios en bienestar social, es un Estado donde no hay favores políticos que vender. La burocracia se reduce al mínimo, eliminando el despilfarro fiscal.
Garantía irrestricta de la propiedad y los contratos: Al concentrar el 100% de sus recursos y atención en la policía, los tribunales y el ejército, el gobierno se vuelve sumamente eficaz en su única tarea legítima: proteger a los ciudadanos de la violencia, el fraude y la agresión externa.
En pocas palabras: El minarquismo cambia un Estado que intenta hacerlo todo mal, por uno que hace una sola cosa de forma impecable: proteger tus derechos para que tú te encargues de tu vida.